Doy otro paso.
Avanzo lentamente por las calles empedradas de este pueblo. Miro las piedras gastadas por los pasos anteriores, piedras que en su cuarteadura presienten los pasos por venir, piedras que se ofrecen como puños contra la suela de mis botas. Avanzo por las calles escarpadas, por los callejones que, como el agua, dan la vuelta y llegan siempre, callejones ouroboros que me obligan a caminar las entrañas de un pueblo reducido a su perspectiva.
Doy un paso. Sigo caminando, expongo a mi tobillo a la flexibilidad de las pendientes. Camino cabizbajo, mirando mis pies y las rocas en su baile de cuidados e infortunios. Camino cabizbajo, como si la tristeza naciera de un empedrado insuficiente y lastimado. Camino hasta la esquina donde una casa me muestra un rincón iluminado, el choque de las paredes que cortan la casa, que le dan forma con la luz que se desliza por su piel. Hay una danza erótica entre la luz y las paredes, ella, esquiva, las toca con la yemas de los dedos; ellas, ansiosas, abren sus poros a lo que la luz ofrezca. Sobre la pared iluminada se detiene una lagartija, diminuta y ocre, a ser también tocada por el sol, una caricia sobre el lomo arrugado de la especie.
Camino hacia abajo, aferrándome a la repulsión de las piedras que me mantienen de pie. Podría rodar cuesta abajo, llegar tan pronto y tan maltrecho, pero prefiero caminar, dilatarme por el pavimento como sombra. La lentitud del paso que saborea el suelo, que paladea las consonantes y los huecos entre las piedras, las vocales. Camino como si leyera las calles, contando versos con los pies, sintiendo las cesuras de un alejandrino empedrado en las rodillas. Camino. Me detengo. Respiro. Mido mis pasos en exhalaciones.
En Grecias, los autobuses son metáforas. En este pueblo, mis pies son metonimia, los arrastro para llegar al fondo del camino. Las calles de este pueblo son versos que recorro con los dedos para no perder el hilo.
Este pueblo es un libro.
Leer es deambular.

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