En su columna de hoy, Ilán Semo escribe sobre Roberto Bolaño y la altura moral de su escritura, que sin embargo no es estrictamente moralista. Una escritura que se sobrepone a las construcciones discursivas del modernismo sin ser por eso llamada posmoderna. Críticas como la de Semo hacen más por la escritura de Bolaño que otras críticas encasillantes, vendimias de mercaderes o pretextos para académicos urgentes. Debo confesar que críticas como las de Semo son las que me hacen pensar que he tardado en leer a Bolaño. Habré de empezar pronto, mientras tanto les dejo un par de fragmentos del artículo:
El artículo aquí, vía La Jornada.La risa de Bolaño es tal vez su mayor legado. Esa meticulosa ironía con la que destroza página tras página toda ontología del poder, todo fin trazado a lo largo de los relatos que imaginan al deseo, y a su consumación, como una afirmación interminable del control. El control sobre el cuerpo, sobre la mente, sobre el deseo mismo... del otro. Al final de ese viaje en el que sólo queda no un cuerpo, sino un maniquí; no una mente sino un depósito de la inconexión; no un deseo sino una alucinación.[...]Nació en Chile, creció en México y escribió la mayor parte de sus libros en España, pero su patria son los que han sido alcanzados o arrastrados por la descodificación, que ni siquiera representan un número en la estadística, por el pudor del exceso estadístico; aquellos que deben incluso pedir prestado un rostro o cuyo rostro aparecerá tan sólo como epitafio para documentar su anonimato. El orden más natural de lo que fue el siglo XX: el cuerpo mudo, blanco del consumo, del artificio, de la manía de la sobrerrepresentación.

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