Mínimo homenaje a Guillermo Fernández II (en donde el amigo habla de su poema mejor)

5 de octubre de 2009
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¿Cómo evitar los escrúpulos al comentar un poema propio? ¿Cómo negar el incitante cosquilleo que provoca la fatua experiencia de "analizar" o "explicar" una vivencia supuestamente rebasada en este texto, que me mira y me habla tras una niebla de años, desde la colina donde se halla el cementerio de Perusa? Me habría negado a ello de no haber existido cierta circunstancia que, algunos años después, me ayudó a entender ciertos aspectos no considerados al escribir el poema, ciertos aspectos que escapan a la comprensión en el instante de la escritura, que vienen desde no sé qué zonas profundas y le dan -deberían darle- al texto una razón de existencia.

2
La experiencia de la muerta ajena la viví cuando yo era muy niño. A los cinco o seis años de edad vi agonizar y morir a un anciano, vecino de la casa. Mi madre me había llevado con ella, muy de mañana, a hacer sólo una visita íadosa pero llegamos apenas unos minutos antes de que falleciera. A los siete años vi morir en un instante, atropellado por un trailer, a Guillermo, mi dilecto amigo y condiscípulo en el Colegio Luis Silva de la ciudad de Guadalajar. Esa vez la muerte se me apareció con toda su espantosa brutalidad, porque borró de un manotazo una vida que tanto significaba para la mía.
He tenido después que asistir a otras muertes de seres queridos, que en verdad duelen, pero la de mi pequeño amigo Guillermo me entristeció para siempre. Hasta la fecha, cada vez que voy a Guadalajara, visito su tumba: la encuentro de inmediato en el enorme panteón de Mezquitán. Pero mi necrofilia va más lejos. Toda vez que lego a una población desconocida, ya sea para residir un tiempo o pasar unos cuantos días, lo primero que visito de motu proprio es el camposanto, porque me parece que es allí donde puedo comprender más pronto y mejor la vida de sus habitantes.
Casi siempre situados en colinas o altozanos, los cementerios italiano están colmados de vida: con flores frescas llevadas como alimento del día y con lámparas encendidas día y noche para alumbrar las efigies de los sepultados. De acuerdo con las posibilidades económicas, las efigies consisten en fotos módicas, en retratos al óleo puestos en hornacinas o, las más elegantes, en esculturas de piedra, bronce o mármol.

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Al día siguiente de mi llegada a Perusa, en febrero de 1976, un nuevo amigo, Corrado Mattosovich, me hizo el favor de llevarme al cementerio de la ciudad, del cual me habló con entusiasmo diciéndome que lo visitaba a menudo. Luego de recorrer una larga calle -que en las afueras dobla a la derecha y prosigue como carretera hacía Asís- nos encontramos con el enorme cancel abierto del panteón. No habíamos recorrido ni cincuenta metros por la calzada principal, cuando, a mano izquierda, atrajo mi atención un par de esculturas en mármol que representaban a una niña sentada junto a un niño. Tendrían cinco o seis años y eran de tamaño natural. El niño estaba de pie. Me di cuenta de que eran retratos. El rostro de la niña era poco más que ordinario, casi desagradable, feo, no sé si debido a la incapacidad del escultor, pero el del niño, en cambio, sin ser extraordinariamente bello, me conmovió de inmediato por la vívida expresión de su rostro y la perfección de todo el conjunto. Ese rostro me miraba con mirada absorta y sonrisa marchita, mientras sostenía en sus manos, casi a la altura del pecho, no sé si un papel o un pañuelo. Yo estaba como paralizado; mi mirada era un suave y paciente barreno en la blancura del mármol, como si éste fuera piedra navegable en un infinito corredor en el tiempo o como una ensoñación. Yo andaba ya muy lejos, en lejanías inefables de las que uno no quisiera regresar nunca. Cuando uno vuelve de ellas queda "viudo y desolado para siempre".
Unas palmadas sobre el hombro me regresaron a la otra verdad, a la de aquel momento. "¿Seguimos caminando? ¿Seguimos caminando?", repetía Corrado con una voz asordinada por miles de años. Al pie de la escultura del niño vi una inscripción cincelada: "Ninní. 1934-1940". Otras, escritas con plumón, ya desleídas por el sol y la lluvia decían "I tuoi babbi sono rimasti molto tristi senza di te"... "Non disperare, Ninní, presto saremmo con te"..., y otras que no recuerdo. Me entristeció saber que la pena de los padres se debía a la ausencia de Ninní, no del a niña. Y me alejé de allí conmovido y desgarrado por la belleza.

4
Al día siguiente asistí de nuevo y lo hice casi todos los días que estuve en Perusa, porque me parecía imposible, intolerable, dejar de verlo, de "hablar" mentalmente con él, de contarle ciertas cosas que pudieran "entretenerlo". como a diario andábamos juntos, Corrado me acompañó varias veces pero luego me recriminó mi melancolía, mi enfermiza conducta, que en el colmo me llevó a visitar la tumba una vez en la noche, previo soborno del guardián del cementerio (una bottiglia di grappa e un pachetto di sigarette americane). Corrado y yo nos bebimos la otra botella de grappa, porque sí y también porque estaba lloviendo aguanieve.
Como a la una de la mañana salimos de allí tiritando de frío.

5
Una semana después de aquella velada, un señor de cincuenta y tantos años, me esperaba a la puerta de la Università per gli Stranieri. Cuando pasé junto a él, me espetó: "..È Lei il signor Fernández?" "Sissignore", respondí. Sin más préambulos me dijo que era el padre de Ninní y me invitaba a almorzar a su casa en ese mismo momento. Me le quedé mirando, perplejo, austado. Percibí que menos que una invitación era una orden perentoria. Lo seguí, luego de balbucear un amargo: "Volontieri". En el trayecto me dijo estar al tanto de mis visitas continuas a las tumbas de los niños y que me lo agradecía de todo corazón. Me declaré un ferviente admirador de las esculturas y del talento del escultor, pero él no parecía convencido de mis argumentos estéticos.
Entramos a su casa, me presentó a su mujer y, tras tomar un aperitivo, nos sentamos a la mesa. Dicho señor bebía vino a más y mejor; yo trataba de mantenerme lo más sobrio posible, pues sospechaba que la tormenta estaba por venir. Y estaba en lo cierto. Cuando bebíamos ya el café, el padre de Ninní se puso de pie, apuntó contra mí su índice amenazador, y me ordenó salir en ese momento de su casa, no sin antes prohibirme una nueva visita a la tumba se sus hijos. Y añadió: "E se Lei torna, l'ammazo!" Me di cuenta de que la amenaza de muerte iba en serio y, ese año, no sólo dejé de ir al sepulcro de Ninní, sino que días más tarde me mudé al Centro Ecumenico Nordico, un monasterio franciscano de Asís cuyo prior, un sueco, se llama o se llamaba, Agostino Lundin.

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A grandes rasgos éstas son las razones por las cuales, años después, en 1983, escribí el poema, que habría sido para mí como cualquier otro, de no haberse presentado una circunstancia extraña y del todo inesperada. En 1985, mi hermana menor me envió como regalo unas viejas fotos donde yo aparecía de diferentes edades. Reconocí algunas, sobre todo las de adolescencia. Las miré con cierta displiscencia pero las otras, las de mi primera infancia, me provocaron una viscosa, doliente melancolía, como la que experimenta el enfermo desahuciado al recordar pasajes lejanos de su existencia. ¿Qué tanto tenía yo que ver aún con aquellas imágenes, con aquellas apariciones fantasmales del ser que he sido a lo largo del os años? ¿Por qué, cada vez que me fotografiaban, había mirado hacia la cámara con evidente gesto de tristeza o malhumor? vi, finalmente, la última. Tenía un formato más grande y estaba menos amarillenta que las otras. Mi asombro se volvió estremecimiento: habría podido jurar que esa imagen no era la mía sino la de Ninní: la imagen fotográfica de la escultura de mármol. La examiné con atención: dos imágenes nos representaban de la misma edad -unos cinco o seis años-, de pie, mirando al frente, los dos con caras idénticas, como de gemelos, y, el colmo, los dos con las manos juntas a la altura del pecho sosteniendo algo como un papel o un pañuelo. Quedé aturdido. ¿La imagen recordada de Ninní era la consecuencia de un sueño? ¿Acaso un sueño fueron también las visitas al cementerio de Perusa, la presencia casi constante de Corrado y la amenaza de muerte del padre de Ninní, por la cual dejé de vivir en esa ciudad? No, imposible. Además, ya estaban los hechos documentados en un poema pero en ese momento dudé aun de la existencia de éste. Me levanté y fui a buscarlo en las páginas del libro Bajo llave, publicado meses antes. Allí estaba. Lo leí y lo releí como unca le he hecho con otro texto.

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Éstos son los antecedentes del poema. Apenas agregaría que nunca he escrito un poema con tanto freno y rienda, tan sometido a mi voluntad y tan víctima del deseo de escribir como éste.

Tomado del libro El poeta en un poema, serie de entrevistas realizadas por Marco Antonio Campos.

Ninní
(1934-1940)

a Sergio Pitol

Siempre al atardecer giras la llave
que abre las rejas del cancel
y apartas la hojarasca de la senda
para llegar al mármol que te nutre
con sus racimos congelados.

Desde el fondo del valle nos invoca
la voz de carreta rechinante
cantándole al inerme corazón.

¿Por qué tengo que oír todas las tardes
el horror que gotea en el silencio?

Ninní, Ninní, tú lo sabías.
Me siguen embrujando los caminos,
las flores brunas de la carne
que acarician mis ojos con su bisturí;
el veneno que dormía en los labios de Ihú,
que se alimentaba tan sólo de silencio;
las palabras que vienen a la mesa
a iluminar el pan de la mañana.
Por buscarme Ninní he rozado
en los muladares de la noche;
he roído los huesos rechazados por los perros,
malbaratados bienes del reino,
proyectos de reconstrucción.

Pero no he vuelto a hablar a solas.
tú plantas los laureles en el sueño,
persuades a las aguas
paraque sólo reflejen tu reflejo;
por ti alienta aún esa colina
en su primavera de tumbas y jardines.

Cuando yo vuelva
te hablaré de Isabel, Estambul, Nueva Zelandia,
de la isla que nos aguarda en el Atlántico
donde yacen sepultas nuestras alas.
Pero mucho tendré que caminar aún conmigo mismo,
acosado por todos mis caminos moribundos;
escapar a las trampas tendidas a las corzas
en los calveros de la profanación;
fingir que dormiré cuando esas mismas flores
extiendan su corola en la penumbra emponzoñada.

Mientras tanto, los días pasarán
como caballos negro con crineras blancas.

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