2 de octubre, otro 2 de octubre. (Breve homenaje a Guillermo Fernández)

4 de octubre de 2009
¿Otro dos de octubre? ¿Otro año que pasa? Sí y no. A despecho de los miles de blogues, portales, columnas, cartones, etc. que "hablaron" del emblemático 2 de octubre del emblemático 68 de esta cada vez menos emblemática Ciudad, a mi no me interesa esa memoria, sino otra, más hermosa, más viva.

El pasado viernes, cumplió 77 años mi querido Maestro (así, con la mayúscula que tanto le desagradaría) Guillermo Fernández. Un poeta en toda la extensión de la palabra, uno de los últimos hombres dignos del mundo. Dueño de una humildad apabullante y una ironía fresca y mordaz; un hombre que por amor al arte sigue en pie, un ateo franciscano a toda prueba.
En este blog, durante la semana, iré subiendo textos de Guillermo o sobre su obra a manera de mínimo homenaje. Que sirva, también, como escaparate de un poeta que sigue siendo marginal por los obtusos azares del canon mexicano.


A fin de persuadirte
me puse al hombro todos los violines de la orquesta
al contrabajo le arranqué trinos de jilguero
en mis labios las sierpes de las flautas eran niñas buenas
y a los timbales entregué mi corazón

A fin de persuadirte
canté mil arias de óperas ridículas
sin saber si eran de Rossini o de Leo Dan
me obligaste a cantar en registros demasiado agudos
y no hubo partitura que no ardiera
en el rogo de agosto y la desesperanza

A fin de persuadirte
desplegué mi pericia de tanguero
vacié mi repertorio de piruetas
y perrunos silencios suplicantes

Al caer el telón
desiertas las butacas de mi teatro
las mismas que ocupaste sólo tú
me quito la peluca polvorienta
y el maquillaje que acentuaba al tanto amor
esperando el aplauso que nunca llegará.

Amo esos pasos

tengo que acordarme bien
de que no he dormido...
Proust

Amo esos pasos y todo lo que el silencio sabe de sus ocultos deslizamientos.
Amo esa grieta adivinada que súbitamente parte un cuerpo en dos, mientras la estalactita sosiega el ademán de un tiempo lejano e ilumina débilmente los cristales del invernadero.
El quedarse en vilo, oyendo crecer el abandono de la noche, atrapados por el muro que retrasa su derrumbe.
Amo ese momento en que el mundo se despuebla de pronto para que sólo existamos los dos y sopesemos la cantidad de nuestros miedos.
Entrecerrar los ojos.
Canturrear la estúpida cancioncilla que dio en un sentido a nuestra existencia complicidad.
Aquí se conjuran gestos y palabras de otros tiempo, algún brazo descansado sobre el hombro como una palabra distraída, la lentitud del silencio redondeando el fruto, la importancia de dos nombres, claros como dos vasos de agua.
No obstante, entre tú y yo ha crecido la hierba,
han medrado los cuervos en el paciente corazón.
En veces no ha bastado dejar el lecho para ir en busca de nuestra sombra: en el espejo otros nombres y otras fechas zarpan hacia otras fechas y otros nombres que ya no compartiremos.
Ahora podemos cerrar los ojos sin quedarnos ciegos, patear las puertas atrancadas de esa infancia, donde se sigue abriendo el bello crimen que ya no podemos compartir.
Esa mano sobre mi hombro me parte el cuerpo en dos.
Cenaremos hoy a la misma hora.
A la misma mesa.

Por último, un poema que une dos octubres:

Octubre negro

Quédate así, con la sonrisa pastora de todos los infortunios, con esa grieta que te parte el alma, para que la noche aloje su abandono.

Quédate ahí, masticando tus temores; escúpelos en un rincón de la sala inexistente.

Los ángeles están llorando tras la puerta, arrojan los dados bajo el tapete

y yo sé

yo sé que estoy cayendo del otro lado del muro, la cobardía peina delicadamente mis cabellos.

1968

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