La peste no es una enfermedad del cuerpo humano sino del cuerpo social. La peste no es una enfermedad sino una percepción y una enunciación. La enfermedad se transforma en peste cuando altera no sólo los cuerpos sino las relaciones entre ellos. Portar la peste es portar el espectro maldito de lo social. Esto no significa que la enfermedad no existe, o que no incida sobre los cuerpos, al contrario, los hiere del modo más visible, los llaga, escribe historias con pústulas sobre la piel. Quien se acerca al enfermo se contagia de peste y de miedo, que es lo mismo. Se contagia de pasado.
En su más reciente libro, titulado lacónicamente “
La peste”, editado en 2010 por El tucán de virginia, Armando González Torres explora el núcleo social de la enfermedad. Más que describir el estado decadente de los cuerpos, González Torres relata los estados públicos de la enfermedad; más que una sintomatología, González Torres escribe la mitología de la enfermedad.
La primera parte narra el origen de la enfermedad como un castigo pero también como un contagio. La causa de la peste es espiritual y física. No basta el sometimiento de los otros, lo que enferma es el contacto con los cuerpos, invasión de las ciudades y los cuerpos:
[…]
Pero en la doncella prisionera
que jugamos risueños a las cartas,
en la algazara tersa de su carne,
en su entraña jocunda y virginal
se albergaba ya el contagio punitivo (13).
A lo largo del libro, González Torres parece rescatar el sentido antiguo de las pestes, como lo señalara Susan Sontag, no la vergüenza del portador sino el juicio a la comunidad. Al final, la peste es otro modo de la comunidad:
El inoculado busca con desesperación otro cuerpo en el cual gastar sus últimas fuerzas (63).
La desintegración de los enemigos se vuelve contra los opresores, los colma de pústulas, infecta las relaciones sociales mientras las regenera, enfermas y contrahechas, de nuevo corporales. La peste brota del cuerpo e infecta el lenguaje; la perla del lenguaje brota deforme de la llaga. De estirpe platónica, las voces del poema reconocen en el sofisma la contaminación. El lenguaje vuelto hacia su centro sonoro, incomunicable en su apariencia de brote:
Erísticas carroñas competían
sabandijas dialécticas mostrábanse
sagaces en el arte del ultraje
los libelos libaban en la escoria
los letrados presumían la ignominia
y sin cesar manaban los agravios (71).
El libro concluye con la infección de los ritos y la profecía. La peste invade los cuerpos, las manos que tocan al prójimo y la boca que pronuncia; la peste invade al lenguaje, vuelto fango intransitable, para, finalmente, alterar el ámbito mágico de la palabra. Anulada la profecía, todo es presente. Anulado el culto, todo es carne:
La peste había cambiado la forma y el fondo del culto. Todos los actos del pueblo estaban marcados por el temor. Creían en Dios por costumbre, pero combinaban su veneración al Dios Verdadero con la zalamería y el soborno hacia diversos diosecillos peludos, desaeados [..] (88).
La peste que nace en la carne vuelve a ella. La carne es la posibilidad de la peste y su confirmación. El lenguaje desleído, hecho jirones en la comunidad pide a gritos el orden de la sintaxis pulida. He ahí la paradoja del poemario. No estamos frente a la mimesis caótica de la decadencia, sino frente al esculpido orden que la dota de sentido.
Ante la tentación de leer el libro como una alegoría la actualidad nacional, como una fábula moral que indica el camino para la salvación, prefiero la lectura desde la distancia. Si hay una ética en el libro es la del relato, es decir, el orden de las cosas contadas, el orden del mito y su posibilidad explicativa:
Recordemos el aliento aliterante
no el sórdido temor, ni la resaca (51).
Antes el orden de la memoria que el presente desfigurado.